
Agencias / MonitorSur, CIUDAD DE MÉXICO .- Hace tiempo que las series se han convertido en la excepción a esa regla que dice que segundas partes nunca fueron buenas. Sin embargo, pocas veces una nueva temporada supera a la primera en calidad y originalidad, sobre todo cuando la serie ya era sobresaliente. Pero cuando sucede, el entusiasmo seriéfilo puede llegar a provocarnos hormigas en el cuerpo y no hay más remedio que compartir la emoción a base de recomendación. Y ese es el origen de este artículo porque Feel Good ha vuelto a Netflix con una segunda temporada realmente sublime.
Creo que no sentía estas ganas de compartir tanto una serie desde Normal People a principios de 2020, que para cualquier seriéfilo empedernido y con tantas series inundando las plataformas cada semana, es mucho tiempo.
Menos de tres horas es todo lo que dura la segunda temporada de esta serie británica. Lo mismo que la primera, compuesta cada una de seis episodios de menos de media hora cada uno. Pero no dejes que su corta duración se confunda como rápida o fugaz, porque lo que consigue su creadora y protagonista, Mae Martin, es de una profundidad preciosa.
Lo maravilloso de Feel Good es que resume una historia de superación personal, de aprendizaje y transición adulta, tratando temas como el trauma, ataques de pánico, adicciones, confusión en la autoidentificación de género, dependencia emocional y relaciones tóxicas, enmascarados en una comedia de humor negro. “¿Todo esto en tres horas?” se preguntará seguramente más de un lector. Y la respuesta es que sí, esto y mucho más porque a esta descripción le faltan las emociones internas que provoca y que ya depende de la implicación de cada uno con la historia.
Feel Good ya nos atrapó a más de uno en 2020 con una primera temporada de presentación que indagaba en las inseguridades de su protagonista, una humorista canadiense que llegaba a Inglaterra buscando un nuevo capítulo en su vida. Sin embargo, un pasado marcado por las adicciones le hacía sombra añadiendo un peso extra a su vida, como una mochila constante de autodestrucción, culpa e inseguridad. En aquella primera temporada, Mae -que comparte el mismo nombre de la creadora al haberse inspirado en su propia vida- conocía a George (Charlotte Ritchie), una chica heterosexual que descubre su bisexualidad enamorándose de la comediante. Son distintas y viven etapas diferentes de sus vidas. George se convierte en la nueva adicción de Mae, su cable a tierra y vía de escape a través de las nuevas emociones que siente, el sexo y la atracción. Mientras Mae es una aventura nueva para George, un amor diferente que crea dependencia mutua. Una porque la necesita, la otra porque se siente necesitada.
Aquella primera temporada terminaba con Mae confusa y frustrada, enfadada con la vida pero dejando aflorar a regañadientes los traumas que cargaba a escondidas. Y con George aún más entregada a la labor de ser necesitada. Lo suyo se había convertido en una relación tóxica. Ahora, la segunda temporada abre todavía más ese abanico de emociones manteniendo ese humor negro que la caracteriza pero transformándose en un desenlace más humano.
Los seis episodios -que marcan el final de la historia- indagan en el verdadero trauma de Mae centrado en abusos del pasado y que desencadenaron en gran parte esa inseguridad constante que transmite hasta en su voz temblorosa. Mae Martin hace un trabajo maravillo compartiendo el estado emocional de su personaje a través de una actuación incómoda y gestos nerviosos, con ataques de pánico representados con la claridad personal de alguien que ha vivido el peso de las adicciones. Sin perder su halo de humor, la serie navega por las vertientes de la salud mental y la importancia del apoyo emocional, el egoísmo que vive aquel que sufre por dentro y la dependencia emocional que se genera en una relación como la de Mae y George.
A medida que avanza la segunda temporada somos testigos de la transición personal de cada una mientras interponen sus propias necesidades, descubriendo que no se trata de necesitarse mutuamente, solo de quererse.
Feel Good es una serie que crece con cada episodio, mutando en algo mejor a cada minuto. Es una serie camaleón, de esas que se disfrazan de una fachada en particular para luego desnudar sus propia piel original. Así como Fleabag escondía un drama sobre el dolor de la pérdida detrás de una comedia maravillosa, Feel Good juega en ligas similares derrumbando su disfraz con esta segunda temporada.
Además de ser testigos del nacimiento de una estrella con Mae Martin dejando huella más que nunca a través de su temporada más sincera, estamos ante una serie de tres horas maravillosas, de entrega absoluta con unos personajes que logran representarnos en mayor o menor medida a pesar de sus excentricidades cómicas.
No puedo recomendar más esta segunda temporada de Feel Good, una serie de aprendizaje personal, de autodescubrimiento y sobre la importancia del amor incondicional, pero siempre que sea mutuo.
Con información de la agencia ‘EFE’.
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